Hola... El domingo pasado, al término del programa de la radio, me dirigí a mi casa en el taxi que siempre me recoge a esa hora. Conversando con el taxista me comentó que su esposa, a los dieciocho años, había dado a luz trillizos y que en aquel momento fue todo un acontecimiento, ya que tuvo la oportunidad de gozar “un minuto de fama”, con el Alcalde de Lima incluido como padrino de sus hijitos. Sin embargo, pasaron algunos meses y las cosas, lógicamente, eran más reales y, por lo tanto, más difíciles: a él en su trabajo, a bordo de un taxi, para sacar adelante a sus tres hijos, le resultaba tremendamente complicado.
Me contó que un día, prácticamente había sido su peor jornada que recordaba; a lo largo del día apenas había conseguido diez soles, cantidad insuficiente para la leche, los pañales, en fin, todo lo que sus trillizos necesitaban en ese día; para él le resultaba difícil conseguir lo necesario para sostener el hogar.
Era muy tarde y después de un día de trabajo, pensaba ya retirarse a su casa, aunque sólo fuera con diez soles, pero sucedió -para él- algo maravilloso: en Chacarilla, una señora detuvo su carro y le pidió que le hiciera una carrera a Miraflores. En el trayecto le contó un poco su vida y le comentó a la señora cuál era la situación apremiante que él tenía, ya que ese día apenas podía comprar a sus trillizos lo indispensable.
Cuando llegaron al lugar pactado -en Miraflores- la señora, al bajar del taxi, sacó de su cartera ciento cincuenta soles, dándoselos y diciéndole: -Esto es para tus hijos.
¡Si tú vieras con qué emoción y con qué gratitud me comentó este hombre la experiencia vivida diez años atrás! Me expresó cómo ese gesto de esta mujer jamás se le iba a olvidar, que había sido para él una de las experiencias más maravillosas y que al mismo tiempo le habían devuelto la confianza en el ser humano.
Le pregunté: -¿Regresaste donde la señora para agradecérselo y llevaste las fotos de tus trillizos para enseñárselos? Él me contestó: -No lo hice. ¿Por qué?, le pregunté. Y me respondió: -Porque la señora había sido tan generosa conmigo, que no quise que pensara, bajo ningún concepto, que me fuera aprovechar de ella.
Pensé, ya habiéndome bajado del taxi, ¡cómo, a veces en la vida, podemos interpretar un mismo hecho de diferente manera! Te digo esto porque el joven sabía que aquella mujer era dueña de la pizzería a la cual llevó en su carrera.
Opino yo: -Pudo esta señora pensar ¡qué desagradecido ha sido este muchacho que ni siquiera me trajo la foto de sus trillizos para que los conociera!
Sin embargo, el joven pensaba de manera distinta y por respeto a la generosidad de esta persona, él nunca más se atrevió a regresar.
A nivel personal te digo: -“Hablando se entiende la gente”.
Gracias por llegar hasta aquí. ¡Hasta la próxima semana! ¡Que Dios nos bendiga!