Las grandes empresas, cuando deciden
tomar profesionales nuevos, se fijan
en los valores y los saberes de la
persona, y en muchas ocasiones prefieren
que el resto de la formación
se complete en el interior de la
firma.
Los programas de jóvenes
profesionales que completan su formación
en el interior de las compañías
se convirtieron en el método
preferencial de ingreso a empresas
que brindan un empleo formal y una
posibilidad de carrera dentro de
la misma.
Lo que logra la empresa de esta
manera es que el profesional se nutra
de los saberes de la empresa, y desarrolle
un sentido de pertenencia y compromiso
con la misma.
Para reclutar a esos profesionales,
se fijan objetivos variables: cuanto
más arriba se ubica el ejecutivo
se requiere mayor polivalencia
y menos especificidad en sus conocimientos.
Hacia abajo, hay que dominar cada
detalle del oficio.
Pero la pregunta es en qué se
fijan las empresas: buscan gente
con valores, potencial y una gran
definición de su personalidad.
Todo eso pesa tanto o más
que todo el conjunto de saberes
que traigan.
Otro fenómeno que se está dando
es que las carreras dentro de una
empresa no son más ascendentes,
ahora son horizontales. Esto quiere
decir que las personas van rotando
y trasladándose entre los
países y las áreas
de la compañía, en
vez de crecer hacia arriba en la
estructura.
Esta óptica tiene como meta
la construcción de la identidad
como miembro de la organización,
y la identificación de los
valores y objetivos del empleado
con los del a compañía.
Es decir, que la gente que trabaja
allí se sienta identificada
con la empresa (se ponga la camiseta)
aunque no se le garantice continuidad.
El concepto de “pertenecer” se
traduce así en un modo de
hacer, de pensar y de sentir.
Y no se trata de un mero discurso:
se traslada a competencias, modos
de actuar, de vincularse y de abordar
problemas.